Cuando era la bastante menor como para no saber de complejos análisis políticos, me dejaba llevar por la caricia y la emoción de la utopía, que generalmente se encarnaba para mí en las vidas de algunos grandes, así como en vidas anónimas que representaban a las millones de personas que murieron tratando de construir un mundo más justo. Siempre eran las vidas y vivencias de otros, que admiré y lloré con emoción con alguna revista entre los dedos, o libros fotografías relatos cine. Sí, cine. Y es por eso que esta entrada, la inaugural, se llama Tierra y Libertad. Porque por esos años yo alquilé, sólo por el nombre casi y el diseño de la carátula, una película llamada Tierra y Libertad de un director llamado Kean Loach que sugería situarse en la Guerra Civil Española. Y no me equivoqué, satisfizo completamente mis expectativas de nena anarquista. Así mi adolescencia fue un ir y venir constante de películas, documentales, obras de ficción y narrativa en general, versos, canciones, y todo aquello que se centrara en la GCE. Nada me fascinaba más. Y no es que eso haya cambiado en lo absoluto, aún varios años después y dominando todo tipo de complicados filósofos, es sólo que si esta noche recuerdo todo ello es porque hoy por hoy también oigo asiduamente gritos de tierra y libertad, que se sincretizan en la más hermosa y perfecta de sus formas en un discurso del Subcomandante Marcos, que desde Chiapas nos habla de la lucha zapatista, que es por la tierra y la libertad.
Pero, sin embargo, el qué significan esas dos palabras, que unidas pasan a ser un concepto solo, con determinada historicidad y siempre con raigambre en el castellano, es lo que me ocupa.
Yo creo que hablar de tierra y libertad es hablar de pueblos cuyas gentes deben levantarse cada mañana con la certidumbre de que las cosas serán duras para ellos durante el día, pero que no pueden evadirlas, y por lo mismo, hay que dar una batalla constante por cambiar las adversidades. La batalla constante más noble que puede darse es la de tratar de salir adelante, no haciendo como si no pasara nada, sino asumiendo que se produce una situación de opresión en contra de ellos frente a la que no hay que doblegarse. Deben resistir, y resistir toma la forma de ir al trabajo, enviar a los niños al colegio, acudir al hospital cuando están enfermos, etc. Es decir, vivir la vida cotidianamente, enseñando a las futuras generaciones su historia y aprendiendo de ella. Construyendo con las propias manos el futuro dentro de las escasas posibilidades que se tienen. No importan los muros ni las cadenas ni las prisiones ni los atropellos. Hay que tener fe en que no puede aplastarse a todo un pueblo que vive necesidades, diversidades, pasiones y alegrías como todo el mundo.
Eso es lo que nos ha enseñado el pueblo palestino al menos…
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