Mañana tengo examen de Derecho Colectivo del Trabajo y me falta leer mucho más que la mitad de la materia. Esta vez no puedo culpar a nada ni nadie por mi atraso, sólo a mí, que me dediqué a leer cuestiones ajenas a lo jurídico, a escribir, a recorrer facebook, a soñar despierta, a conversar con mis amigos por distintos canales, a ver programas repetidos en TV y a dormir ignorando obscenamente la alarma de mi celular cuando debí estar estudiando.
Pero, sin embargo, no me arrepiento de nada. Hay que sacar lo bueno de lo malo. Y aunque ello no se aplique mucho acá porque siendo realista no puede haber nada tan malo en un estilo de vida que he acarreado por cuatro años más menos sin mayores complicaciones, siento que lo único que me aflige una vez más es el poco control racional que tengo sobre mí misma y mis pasiones e instintos más bajos. Porque a mí el derecho colectivo del trabajo me gusta, y me gusta harto. Si bien el estudio resulta árido, lo que me obliga a colorear apuntes y leyes al máximo, imaginar la prácticas dentro de las organizaciones sindicales, me entusiasma hasta decir basta. Ésa podría ser una futura fuente de trabajo para mí. Abogar desde la OIT por la materialización de los derechos laborales tan ampliamente consagrados en cuerpos de derechos humanos. Sin embargo, no puedo evitar pensar que cuando construyamos el socialismo quedaré cesante. No importa. En dicha comunidad se organizarán las actividades de tal modo que la culpa quede erradicada de entre los hombres y mujeres.
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